jueves, diciembre 14, 2006

La rosa del Polo Norte


Una mañana, el oso blanco del Polo Norte olfateó en el aire un olor insólito y especial... jamás en su vida había olfateado algo parecido, y así se lo hizo notar a la osa mayor, es decir, a su esposa (obviamente la menor era su hija, jijijiji):

- ¿Habrá llegado alguna expedición? Hay un olor en el ambiente que jamás había percibido.

Nadie le dio importancia al suceso y el oso anduvo varios días buscando el origen de tan encantadora fragancia, aunque como medio torpe que era, nada que lograba encontrarlo.

Pero en cambio, fue la osita quien halló, mientras jugaba en la nieve, a una pequeña figura rosada que ella no conocía. Era una hermosa flor de color intenso, de olor encantador y que temblaba de frío, mas continuaba perfumando el aire animosamente, porque éste era su deber.

- Mamá, papá -gritó la osita. Vengan a ver el origen del perfume...

- Bien dije yo enseguida que aquí había algo raro -hizo observar inmediatamente el oso blanco a su familia- Y, según me parece, no es un pez.

- Seguro que no -dijo la osa mayor-, pero tampoco es un pájaro.

- También tú tienes razón -comentó el “inteligente” amigo oso después de haberlo pensado un buen rato.

Antes del atardecer, la noticia se había difundido por todo el Polo Norte: ¡un pequeño y extraño ser perfumado de color rosita, había aparecido en el desierto de hielo! Se sostenía sobre una sola pierna y no se movía, salvo cuando el viento boreal soplaba helado sobre ella, pues la hacía temblar de una manera angustiante para todos los que la observaban.

Llegaron focas y morsas para ver a la nueva habitante de la tundra: de Siberia llegaron los renos; de América, los almizcleros; y de más lejos todavía, zorras blancas, lobos hoskie y algunos pingüinos. Todos admiraban a la flor desconocida, su tallo tembloroso, sus pétalos casi luminosos, su elegancia y su ternura más allá de la imaginación, en fin... Todos aspiraban su perfume, parecía que lo absorbían y se lo acababan, pero siempre quedaba el suficiente para los que llegaban últimos a oler, siempre quedaba el mismo que antes.

- Para despedir tanto perfume -dijo una foca-, debe de tener una reserva bajo el hielo.

- Eso es lo que yo dije enseguida -exclamó el oso blanco-; dije que había algo debajo.

No había sido exactamente lo que dijo, pero ya nadie se acordaba de ello.

Una gaviota ártica, que había sido mandada al Sur en busca de información, regresó con la noticia de que el pequeño ser perfumado se llamaba “rosa” y en algunos países de por allá muy lejos, las había por millones.

- Sabemos lo mismo que antes -observó la foca-. ¿Cómo ha llegado hasta aquí precisamente esta rosa? Les diré lo que pienso: estoy bastante perpleja.

- ¿Ah...? ¿Cómo ha dicho que está? -preguntó el oso blanco a su querida esposa.

- Perpleja. Es decir, que no sabe a qué atenerse.

- Eso -exclamó el oso blanco-, exactamente, es lo que me sucede a mí. Yo también estoy bastante perplejo. Y pensando para sus adentros se dijo quedando muy satisfecho con su inteligencia: “debe haber muchos perplejos en la cantina “El Iglú del Caribú”, porque ahí he escuchado varias veces esa palabra entre los concurrentes... sobre todo algunos osos que me dicen así... jejeje”

Aquella noche, un terrible temblor recorrió todo el Polo. Los hielos eternos temblaban como cristales y se resquebrajaron por varias partes. La rosa despidió un perfume más intenso, como si hubiera decidido derretir de golpe el inmenso desierto helado para transformarlo en un mar azul y caliente, o en un prado de terciopelo verde. El esfuerzo la agotó. Al amanecer la pequeña osita menor la miraba marchitarse, doblarse sobre su tallo, perder el color y la vida.

Cariñosamente la tomó en su pecho, cobijándola y entregándole su calor. La llevó a su lugar favorito, justamente atrás de un lindo pino, en donde con ternura y amor la calentó hasta devolverle la vida, mientras el pino las protegía con sus ramas a las dos. Y así, por obra de un milagro inmenso, el hermoso trío formado por la osa, el pino y la rosa, quienes en ese instante daban un ejemplo de amor y entrega incondicional se transfiguraron sobre el blanco intenso de la nieve, ascendiendo en forma de luz multicolor hasta el firmamento, convirtiéndose en una constelación de estrellas.

Hoy en día, sólo pocos pueden ver en el cielo la fabulosa constelación que se formó aquélla tarde. Algunos ven el pino, otros ven la osa... pero todos pueden ver, si se fijan con cuidado, los múltiples cambios de color de sus estrellas... entre los cuales hallarán, acompañados de perfume, los destellos de una rosa que un día soñó llevar el amor al Polo Norte.


Con todo mi amor este “Cuento de Navidad”, para mi tierna y linda esposa.
Su Redondo